Convocatoria 2012 a poetas y narradores

Convocatoria 2012 a poetas y narradores
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miércoles, 1 de octubre de 2008

Los observadores - Por Luciano Sanguinetti *

El informe terminó con el cerrado aplauso de la platea.

Visiblemente molesto, el filósofo Tomás Abraham dijo:

–De esto se puede hablar mucho tiempo; esto es un horror, no por el padre Grassi, que no sé si es culpable o inocente... la situación de la infancia en Argentina y lo que pasa en la Fundación Felices los Niños, ¿alguien averiguó lo que pasa con esa Fundación? ¿Con los 6000 chicos que estaban ahí? ¿Siguen dando aporte los donantes para que los chicos coman, estén vestidos y estén educados? ¿A alguien le preocupa esto, o todo es el show Grassi? ¿Nos damos cuenta de lo que está pasando? No con el padre Grassi, ¿es algo bueno pasar con música estos crímenes contra chicos? ¿Es algo bueno?

Los derechos sobre las comunicaciones se han ido expandiendo a lo largo de la historia. Primero se resguardó el derecho de los impresores (art. 32 de la Constitución: “el Congreso Federal no dictará leyes que restrinjan la libertad de imprenta o establezcan sobre ella la jurisdicción federal”); el segundo fue el de los trabajadores de los medios: la cláusula de conciencia (un periodista tiene derecho a indemnización como si hubiera sido despedido cuando un medio por cualquier razón modificara su línea editorial); el secreto profesional (los trabajadores de los medios no están obligados a revelar sus fuentes). Por último, el que protege los derechos de los informados, el Pacto de San José de Cosa Rica, incluido en el plexo constitucional a partir de la reforma del ’94.

Los conductores improvisaron una respuesta:

–No, seguramente no es bueno, no es bueno que pase, pero lo mostramos porque son acusaciones que se hicieron contra el padre Grassi, no es que las estamos inventando.

El filósofo insistió:

–Inventar, no se inventa, pero hay un modo de transmitir, y creo que la gente no se da cuenta de lo que está viendo. Esto no es una noticia como las Olimpíadas. La escena del chiquito que lloraba para que el padre no vaya a la cárcel no la tendrían que haber pasado. No sólo en este programa, sino en general, los medios de comunicación juegan con la escabrosidad, y eso es lamentable; eso no educa a la gente, al contrario, la hace disfrutar.

La respuesta de los conductores no se hizo esperar.

–Es discutible decir que la gente lo disfruta y englobar a toda la gente; todos los seres humanos, a lo mejor, no reaccionan de la misma manera.

Ahora bien, cómo se lleva a la práctica ese derecho. Desde mediados del siglo pasado se abrieron diferentes canales para difundir la opinión de los lectores. El primer instrumento posiblemente haya sido la Carta de Lectores, sección de los diarios impresos donde se difunden sus opiniones sobre los más diversos temas. El segundo fue “el derecho a réplica”, que implica la obligada disponibilidad del diario (que pocos medios cumplen) a publicar la opinión de cualquier persona que, mencionada en alguna nota, se hubiera sentido agraviada. Hacia finales del siglo pasado, ciertos medios comenzaron a ensayar otros mecanismos de autocontrol. El más conocido se denomina Ombudsman o Defensor del Lector. Aquí, un profesional contratado por el mismo diario oficia de abogado de los lectores. En general, a partir de demandas e inquietudes de los consumidores, evalúa la forma de tratar determinados temas. Sus consideraciones se supone son una fuente para futuras correcciones o desarrollos en las páginas del periódico. En Argentina casi no hay experiencias de este tipo. Las que existen tienen un rango menos, como es el caso de Clarín.

Ultimamente, los que tomaron más vigor fueron los llamados Observatorios de Medios. Estos tratan de ejercer desde la ciudadanía una evaluación sobre el desempeño de los medios en el tratamiento de la información. En Argentina existen cinco observatorios, pero el que adquirió más reconocimiento fue el que impulsó el Consejo Nacional de la Mujer, el Instituto contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) y el Comfer con el objeto de “ejercer un seguimiento y análisis sobre las formas y los contenidos de las emisiones de radio y televisión que pudieran incluir cualquier tipo y/o forma de discriminación”. La experiencia muestra en su portal www.obserdiscriminacion.gov.ar resultados interesantes en el análisis de casos como el de CQC o la publicidad denominada “Gerardo”.

El filósofo se preguntó, abrumado:

–¿Entonces qué están aplaudiendo?

Los conductores respondieron:

–Se aplaude el informe.

El filósofo retrucó:

–¿Y es para aplaudir eso?

La participación de Tomás Abraham en TVR pone en evidencia lo poco que se debate en la Argentina sobre los medios y más en los propios medios, obsesionados últimamente por hablar de ellos mismos (especialmente la televisión) sin un mínimo atisbo de autocrítica. Porque finalmente, aquello que pudo haber empezado siendo una mirada irónica sobre su desempeño terminó en un autismo paródico que pareciera no hacer otra cosa que burlarse de los espectadores.

La pregunta de Tomás Abraham sigue rebotando en las pantallas como si nos la estuviera haciendo a todos, que, como unos tontos, también aplaudimos:

“¿Y es para aplaudir eso?”

* Docente e investigador, Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.

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La señora y su séquito - Por Roberto Follari *

Los medios son una representación de lo real, más allá incluso de las intenciones de quienes los protagonizan. A través del discurso mediático quedan de manifiesto posiciones, antagonismos, juicios y prejuicios. Sin embargo, poco se debate sobre los medios y casi nada en los propios medios con sentido autocrítico.

Sus ademanes aristocráticos no impiden que se haya convertido en una tradición casera y casi barrial, familiar para las clases medias como el dulce de leche y el mate. Sus almuerzos son una institución establecida y han hecho de la banalidad centrada en las buenas formas una marca de origen. A esa hora en que la urgencia alimentaria llama a evadir el pensar, suele ser bienvenida la futilidad distractiva que caracteriza su programa.

Sin embargo, la Señora cree que no todo es trivialidad, y se decide –de vez en cuando, entre encuentros dedicados al espectáculo– a enfrentarse a cuestiones de fondo: el paro patronal agropecuario (que ella no llama así, por cierto), la seguridad ante el reciente triple crimen. Y no siente que la ignorancia sea un obstáculo para enfrentar esos desafíos: con desmesura y audacia nos espeta su singular modalidad de interrumpir a los comensales para insuflar sus comentarios, aun cuando se trate de temas que no son fáciles siquiera para los especialistas.

Un largo camino recorrió esta muchacha desde que hacía cine como miembro del par de hermanitas hasta sus actuales inquietudes por las cuestiones trascendentes. Camino con más luces que libros, más cócteles que conferencias, más divertimentos que estudio. Nada de ello le impide demostrar –a cada paso, como si fuera una obligación– que la trivialidad es más grave cuando se ejerce sobre cuestiones no triviales.

“¿Se viene el zurdaje?”, preguntó con aire casual al entonces recién electo presidente Kirchner, sin que se supiese si ignoraba la brutalidad del apelativo, o lo había usado con plena conciencia. Ya desde entonces prefiguraba cuál sería su relación con un gobierno que –desde su mirada– se hacía intolerablemente progresista, alejado de la gente que ella suele frecuentar en salones y reuniones sociales.

Hace unos días, reiteró en su programa la presencia de la denominada “Mesa de Enlace”; estaban tres de sus miembros, junto al inefable De Angeli. Allí la Señora desgranó el repertorio de su sapiencia: se escandalizó porque hay niños con hambre en el Chaco, como si esto fuese nuevo o –mejor dicho–, como si los índices de pobreza e indigencia no hubieran bajado en los últimos años, y subido brutalmente en los tiempos de un Menem al que la Señora solía festejar. O como si la Sociedad Rural, cuyo representante estaba sentado a su lado, no hubiera prohijado cientos de planes económicos elitistas y antipopulares que han fomentado el hambre y la miseria entre las capas más pobres de nuestro país.

El módico institucionalismo de Eliaschev lo llevó a cuestionar a De Angeli por los cortes de ruta; la Sra. se mostró azorada. Quedaba entre dos fuegos: su rechazo por las acciones callejeras directas (cuya tradición popular le resulta intolerable) y su agrado cuando esas acciones van contra lo que desaprensivamente llamó “el zurdaje”. Se mantuvo impávida cuando con su estilo no muy ilustrado, el hombre de Gualeguaychú afirmó: “No estaríamos aquí si no hubiéramos cortado las rutas”. Siguió un módico señalamiento de la Señora tratando de cerrar filas, ante la advertencia de una notoria fisura en el frente unánime de admiración agropecuaria que había invitado a su atildada mesa.

Perla mayor fue la pregunta a Buzzi, de si De Angeli no le está haciendo sombra. Con su rebuscado campechanismo el líder de la Federación Agraria –devenido en furgón de cola de la Sociedad Rural–, por teléfono suelta: “Si Alfredo es más bueno que el quaker...”. La Señora festeja esa ocurrencia nada espontánea. No le parece extraño que tan benigno retrato sea el de quien comandó cientos de cortes de rutas a la fuerza y declaró tener escopetas y carabinas para responder a quien pudiera oponerse.

En ese espacio de oquedades se juega la conciencia de cierta clase media argentina actual. Argumentos vacíos, ideologías arcaicas que los justifican. Creencia de que hay ciudadanos de un lado, y “acarreados” del otro. Vocinglería que puede justificarlo todo si va contra un gobierno que es acusado de “zurdaje”. Y –la Señora como metáfora del país–, lágrimas de cocodrilo sobre la pobreza, mientras se colabora a sostenerla. Un ritual de apariencias cuidadas, bajo las cuales yacen la superficialidad y el más ramplón de los sentidos comunes.

* Profesor e investigador, Universidad Nacional de Cuyo.

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Países emergentes y desarrollo comercial de la cultura - Por Guillermo Mastrini *

Los servicios y bienes culturales comenzaron a ser parte de la agenda de los organismos de comercio internacional y la regulación del sector cultural asume un sesgo economicista en detrimento de otras perspectivas vinculadas con el acceso a la cultura y al pluralismo informativo. ¿Cómo puede evolucionar el tema? ¿Qué estrategias adoptar frente a los nuevos mecanismos de gobierno global y en defensa de los intereses de los países periféricos?

Desde hace años existe una marcada contradicción entre la tradicional visión de la política cultural como promoción de la diversidad, y una nueva orientación en la que la cultura es vista como una mercancía de gran potencial económico. A partir de la Ronda de Uruguay (1986-1994) de la Organización Mundial de Comercio (OMC) los servicios y bienes culturales comenzaron a formar parte de la agenda del organismo. Aun cuando se mantienen restricciones, a partir de ese momento los criterios que guiaban la regulación del sector cultural terminan de asumir un sesgo economicista, en detrimento del enfoque basado en la protección del acceso a la cultura y el pluralismo informativo.

Estas transformaciones tienen estrecha vinculación con los intereses de generar un mercado global de comunicación y cultura. Si bien la transnacionalización de los bienes culturales encuentra antecedentes, la posibilidad de unificar la distribución de bienes simbólicos a nivel global, está estrechamente vinculada al proceso de digitalización de la cultura.

Por otra parte, la relación entre las políticas culturales y las sociedades ya no está solo mediatizada por el Estado y los actores interesados. Los organismos internacionales como la OMC, Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI), Icann (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers), Unesco, UIT, así como los acuerdos supranacionales (UE, Mercosur) y bilaterales intervienen en el diseño de las políticas de comunicación.

En el proceso globalizador se visualizan limitaciones al accionar tradicional de los Estados como consecuencia del afianzamiento de nuevos actores en la escena mundial con mayor capacidad de decisión y negociación. Si bien el Estado sigue siendo importante, no todos son iguales. Sandra Braman distingue uno hegemónico (Estados Unidos), dos competencias (Japón y la Unión Europea), y los países en desarrollo para los cuales la “Sociedad de la Información” y el nuevo entorno regulatorio pueden ser fuentes de bienestar social pero también de importantes desafíos. Para que lo primero ocurra, los países periféricos tienen que estar pendientes del proceso de reestructuración global, y no limitarse a esperar las dádivas que el avance tecnológico les prometa.

Los productos culturales son transmisores de visiones del mundo. Sin embargo, la naturaleza dual de las obras culturales hace que operen como expresiones de identidad, pero también como bienes y servicios mercantiles. Son dos aspectos indisociables, que resultan caros si no se consideran.

El comercio de servicios en la OMC se define de manera muy amplia para incluir la inversión extranjera directa en diversos sectores, entre los que están incluidos las telecomunicaciones y el audiovisual. Es importante destacar que la liberalización puede llegar a implicar la eliminación de cualquier medida gubernamental que favorezca a un proveedor nacional frente a uno extranjero, así como la desregulación cuando una norma se considera demasiado onerosa para los inversionistas y proveedores de servicios extranjeros. Frente a este avance, algunos países comenzaron a delinear un proceso de resistencia que buscó garantizar la “diversidad cultural”. Esta iniciativa permitió postergar la discusión en la Ronda Uruguay, a cambio de incorporar el tema en la siguiente.

Dentro de la propia OMC algunos países han planteado que el sector audiovisual debe ser considerado como parte de la industria del entretenimiento, y por lo tanto sujeto a reglas de liberalización, mientras que otro grupo de países considera al audiovisual como un producto cultural, que merece un tratamiento diferencial.

Varias medidas de política cultural en el área audiovisual se verían amenazadas de imponerse finalmente los criterios impulsados por la regulación global: subsidios del Estado, la televisión pública, las políticas de cuotas, los requerimientos de nacionalidad, los impuestos destinados a financiar productos locales, las exenciones impositivas, los privilegios para contenidos nacionales. Este listado incompleto sirve de ejemplo de los efectos devastadores que estas políticas podrían tener en el ámbito latinoamericano. Más si se considera que aún hoy, en “tiempos de proteccionismo”, los balances son altamente deficitarios.

Es importante alertar sobre las consecuencias que tiene el nuevo gobierno global sobre las políticas culturales. Especialmente porque, por lo general, los debates sobre los beneficios de los procesos de integración suelen soslayar las amenazas que el mismo presenta. Ahora que la Ronda de Doha ha fracasado cabe preguntarse qué actitud habrían adoptado los países emergentes si los países centrales hubieran cedido su proteccionismo en el sector primario a cambio de una flexibilidad general en el sector servicios. En qué medida un beneficio económico no traería aparejado el enorme riesgo de reducir nuestras políticas culturales a cenizas.

Esto se ve reflejado en lo que por ahora representa la mayor incidencia real en términos de gobernanza global hasta la actualidad en los países latinoamericanos: la firma de tratados bilaterales. Un criterio general que se puede reconocer es que si bien los productores culturales han logrado establecer coaliciones para la defensa de las industrias culturales locales, en general el debate público en torno de los tratados de libre comercio suele centrarse en los “beneficios” que los mismos traerán en materia de apertura de mercado para la producción nacional. Si bien algunos países han logrado mantener excepciones en la producción cultural analógica, los suministros de servicios que usan medios digitales quedan incluidos dentro de las obligaciones contraídas en el capítulo de comercio de servicios. Se han protegido las políticas culturales actuales, pero los acuerdos suponen una seria amenaza a las del futuro.

Las políticas de hoy serán las que regulen la producción cultural del mañana. Es por ello que es preciso impulsar el conocimiento de este tema en la comunidad académica y en la sociedad civil en general. David Hesmondhalgh (2005) realiza una acertada advertencia al respecto cuando observa que la indiferencia pública es espejada por la ausencia en la literatura de los estudios de medios de “la formación de la política pública más general”.

Ante este panorama creemos conveniente proponer algunas sugerencias.

En primer lugar, parece indispensable contar con más y mejores recursos humanos formados en derecho comercial internacional que mantengan una mirada humanista. Esta posibilidad debería ser complementada por un mayor y mejor intercambio entre los países de la región a efectos de coordinar y articular decisiones.

En segundo lugar, definir una estrategia para mantener la actual capacidad de implementar políticas nacionales de cultura. Para ello es preciso tener una propuesta en la OMC que supere los criterios tecno-economicistas. Esto supone en el plano nacional alertar a numerosos economistas que estarían predispuestos a negociar la liberalización del tercer sector a cambio de concesiones de los países del G8 en el sector primario.

En términos generales, se propone una estrategia complementaria que promueva la defensa de las capacidades políticas existentes, que se mantenga atenta y con opciones claras y definidas frente a las nuevas agencias regulatorias internacionales, y que finalmente tenga capacidad de usufructuar las potencialidades que brindan las NTI (nuevas tecnologías de la información) para potenciar los efectos de las políticas consensuadas.

* Profesor de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Universidad de Buenos Aires.

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